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Jorge Guillén
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                                                                          VIDA

    De todos los que forman parte de la generación del 27, Jorge Guillén es sin dudas el poeta de los objetos, de las, cosas, de la percepción del mundo material, de eso tan físico y al mismo tiempo tan indefinible que se llama realidad. Hay en su obra poética versos que son más que elocuentes: Dependo de cosas, o No soy nada sin ti, mundo. Incluso hay versos que intentan describir la concretez de las cosas: La materia apercibe/ Gracia de Aparición:/ Esto es cal, esto es mimbre. Y también existen aquellos versos no tan explícitos pero no menos partícipes del rol protagónico de la trama del universo: A través de este gozo, el mundo se despoja l de su desorden.


   
Pero esta primera descripción todavía no dice mucho si no se tiene en cuenta que, la visión de Guillén acentúa, no tanto una reivindicación jubilosa del mundo como su más patente afirmación. Es una poesía que afirma y se afirma a sí misma, pero adoptando la firmeza de las cosas, su carácter contundente. Desde el fondo de la tradición, la poesía lírica se ha constituido siempre en tomo de la subjetividad y de su particular captación del mundo a partir de las percepciones del yo. Ahora Guillén focaliza los objetos y el yo paso a la impersonalidad.


   
A toda su obra poética la alienta este deseo por la trama nítida y secreta de los objetos que pueblan el mundo, que es real y autónomo al mismo tiempo. En esta dirección, hay que admitir que la poesía de Guillén es un desafió sobre todo a la tradición española. Podrían darse dos razones de peso, una, la sustracción del lirismo romántico de la egolatría y su mitificación; la otra, la incorporación de una filosofía poética centrada en la voluntad, en la lucidez constructiva. De allí que su poesía se aproxime tanto al objeto, a su patentización inefable e inaudita, que hace que la lucidez roce momentos de iluminación, de asombro, del hallazgo no deliberado de alguna verdad que él denomina, a lo largo de su obra poética, aparición. Pero, a su vez, su visión escamotea la verdad del yo, puesto que hablar de los objetos es siempre el modo indirecto de hablar del sujeto. A veces  la manera  implícita, porque no hay objeto del poema sin un sujeto que lo enuncie; y otras, de manera explícita porque la definición es falta o excedencia: Para mí, para mi asombro. Todo es más que yo.

     Menos o más, el yo depende de la s cosas como éstas de aquél en la medida en que ambos, sujeto y objeto, conforman un correlato. Guillén descubre que a la aparición constante, material, de los objetos del mundo le corresponde la aparición oblicua del yo. Y que este modo de aparecer es más real que los caminos de la efusión.


    Se diría que Guillén es el poeta más mallarmeano de la generación del 27. No sólo por
la relación con el barroco (que el español recupera de la tradición de su lengua para darle otro sentido), sino porque la de él es una obra construida orgánicamente, como un "Libro" que quiere coincidir con el universo. Pero lo orgánico es, en Guillén, el aire. El mismo escribe que el argumento capital de la literatura es el aire, el aliento, la entonación. Transfiere al poema el tono elemental que más lo apega al mundo: respirar. Por eso la Obra en prosa no puede leerse despegada de esta atmósfera que es la única prueba de existencia del sujeto en el universo. Este volumen es importante por varios motivos. Uno es la reunión de todas las crónicas, los ensayos, las reflexiones que el poeta escribió a lo largo de su vida y cuyo único tema no es otro que la poesía. No son las prosas completas, ya que algunos manuscritos permanecen inéditos en la Biblioteca Nacional de Madrid, y tampoco se incluye en esta edición el epistolario. Pero se puede encontrar la casi totalidad de sus escritos que el responsable del volumen, Francisco Díaz de Castro, ordena de modo cronológico.


    Pero el motivo más atractivo es el que se puede leer entre líneas en dos clases de ensayos: los que se refieren a la obra de otros autores y los textos auto exegéticos. De los primeros hay que destacar el ensayo de interpretación de toda la poesía española, de Berceo a Machado, García Lorca y Salinas. Guillén es uno de esos poetas para quien la reflexión de su propia Poesía adquiere la dimensión de una necesidad insoslayable. Es más: la autoexégesis lleva a cabo con el mismo gesto impersonal y reacio a todo lo que implique una actitud meramente impresionista. No se sustrae a la política de las interpretaciones y defiende los sentidos de su obra o los modifica cuando cree que han sido malinterpretados como su famoso verso El mundo está bien hecho, lo que lo lleva a escribir en otro poema una aparente rectificación: Este mundo del hombre está mal hecho. Basta leer estas prosas para comprobar que ambos versos no están en litigio: pertenecen a la misma visión pero a distintas épocas.  Mal o bien hecho, el mundo es siempre el horizonte poético que depende de la entonación, de esa necesidad respiratoria con que diferencia un libro de otro. .


    Pero no todo en estos escritos apunta a un ajuste de cuentas. Es capaz de desentrañar las significaciones por fuera de sus poemas y ampliar el campo de la reflexión a la poesía en sí. No podía ser de otro modo, ya que así como leer y analizarla poesía propia lo lleva a la que escriben los otros, del mismo modo la poesía de los poetas que admira lo traen de nuevo a la de él. Este vaivén, que es una constante, probaría que la actividad crítica, e incluso filológica, forma parte de su obra poética. Lástima que Díaz de Castro escriba una introducción tan pobre, poblada sólo de los datos más obvios del poeta y que no se haya tomado el trabajo de ahondar en este movimiento continuo que va de la poesía a la prosa. Este volumen exigía algo más que un ordenamiento cronológico y una clasificación temática de todo el material que es discutible.


    Tratándose de una edición de este tenor, faltó que su editor escribiera un estudio sustancioso y vinculara la poesía de Guillén con la poesía francesa', aprovechando las crónicas que escribió desde París en su juventud. Que despejara la función que la prosa ensayística adquiere ante la poesía, y distinguiera los empréstito ,Recíprocos. Que diera cuenta de aque
llas afinidades que sintió el poeta por quIenes como él bucearon en el lenguaje poético: sus empatías con Joyce, su devoción por Fray Luis, su interés por Apollinaire, el valor que adquiere la lección de Mallarmé en la cohesión de su obra poética y en este, sentido también la de Baudelaire y la de Whitman, y el profundo sismo que provoca su .lectura del barroco español.


    De todos modos, es un placer leer los ensayos de Guillén. No sólo porque están escritos con la .misma nitidez de sus versos sino porque parecería que todo el material de su obra en prosa revela a un escritor atento también a los movimientos de la historia, los mismos que es posible captar en sus versos si uno está alerta.